En el Norte aun existe un Territorio Salvaje: desde el Mar Cantábrico, hasta las tierras de campos del sur de León, pasando por la gran Cordillera Cantábrica, todo un mundo de paisajes, fauna y flora.

Una ventana en el tiempo

Tras dos días de intensas nevadas, se abrió una ventana de buen tiempo en la secuencia de borrascas encadenadas. Fue una jornada luminosa.

La última nevada había colocado una manta blanca de más de medio metro de espesor, así que el paisaje bajo el sol del amanecer, junto al silencio solo roto por los primeros piares, mezcla de alivio tras la borrasca e influjo primaveral, era idílico. La jornada transcurrió tranquila, con numerosos avistamientos desde los pocos lugares que unas comunicaciones no del todo restablecidas nos permitían. El objetivo era, además de ‘quitar el mono’ de varios días sin un buen campo, probar el nuevo equipo, así que salimos sin grandes pretensiones -que es como hay que salir- a disfrutar de la Cordillera Cantábrica nevada.

Paisaje nevado
Condiciones ideales de luz y una nevada intacta.

Avistamientos

Vimos un total de 7 especies de mamíferos, algo nada frecuente en una día de campo ‘normal’. Vimos algunas de las más típicas especies de ungulados, que atenazados por otra jornada más de nieve, se concentraban en algunos puntos por seguridad, por acceso a alimento, etc. También tuvimos la suerte de ver un grupo familiar de nutrias pescando e inter-relacionándose: juegos, llamadas, caza.

Nutria

Más tarde, mientras hacíamos un pequeño picnic -sí, sí, con su mantelito, sus viandas, su café…- tuvimos la tremenda fortuna de observar dos gatos monteses en la masa forestal cercana, uno de ellos en actitud de caza, con ese típico gesto de apuntar las orejas hacia la nieve, donde se supone que los pequeños roedores excavan sus túneles para desplazarse y acceder a su alimento.

Gato montés en la nieve

El día estaba siendo un éxito: tranquilidad, mucha naturaleza, alguna foto/video… encontramos infinitos rastros, en barro y en nieve, desde huellas de la pequeña comadreja hasta enormes huellas de oso, surcos erráticos de los jabalís, finas huellas de corzo, venados al paso y a la carrera, saltos, incluso un curioso rastro de un pequeño carnívoro que en un lugar determinado se avalanzó contra la nieve dejando un peculiar rastro de ‘batalla’ para luego seguir su ágil caminar de puntillas hacia la siguiente presa.

Rastro de caza

Vimos también numerosas especies de aves, algunas de ellas atraídas por la sal que se echa en el asfalto para combatir las heladas, y algunas otras (rapaces) recién aterrizadas de su viaje migratorio desde África.

Como veis, una jornada completa, y muy didáctica. Pero lo que quedaba por pasar…

La sorpresa

A falta de media hora para ponerse el sol, con un día despejado, los últimos rayos de sol ya tamizados al atravesar las masas forestales más altas y desnudas, dibujando sombras casi fractales en la nieve impoluta… estábamos a punto de dar por cerrado un buen día de campo, entretenidos imaginando historias a partir de los lejanos rastros entre las peñas, entrando y saliendo de los bosques a los claros, o entrecruzándose en cualquier punto.

Intentando un ‘penúltimo’ barrido de prismático aprovechando que con la nieve, parece que la luz aguanta un poco más de lo que le corresponde, aprovechamos para mirar sitios improbables pero cómodos, y allí estaba. Retiro los prismáticos de los ojos para mirar directamente a la zona, y vuelvo a meterme en los oculares: es verdad: allí estaba.

Sentado sobre los cuartos traseros, erguido, en mitad de la nieve, controlándolo todo ladera abajo. Una silueta oscura, con la cara más clara, las orejas estiradas. El corazón se acelera. Y esto es muy curioso, porque el corazón no sabe de qué va esto, pero él se acelera, de modo que la poca luz, y el pulso acelerado, hacen dificil mantener la mirada a ‘aquello’.

Un lobo

¿un lobo?

¡Un lobo!

Fue un momento un poco angustioso: los nervios, la poca luz, el lío de trípode/cámara/correas/prismáticos… El desconocimiento del nuevo equipo me obligó a cambiar de cámara para asegurar al menos un mínimo documento del que para mí sería el primer encuentro(1) ‘de verdad’ con la (probablemente) especie más increíble de nuestra fauna.

Parecía que se había ido toda la luz de repente, pero también el frío dejó de importar. Las condiciones de luz eran tan pobres ya, que no merecía la pena prestar atención al equipo fotográfico, y había que pasar a la combinación siempre ganadora: prismáticos y telescopio.

En un principio, parecía que el animal renqueaba, incluso surgieron dudas de si sería un zorro, quizás algo enfermo… esas dudas fueron una montaña rusa que hacía pasar de la emoción máxima a cierta decepción resignada… Llegamos a decidir que finalmente era un raposo, que se veía ‘raro’, la relación de tamaño entre patas y grosor de cola, al ser una silueta lejana, nos confundía 2 de cada 3 pasos que daba… pero aun resignados, decidimos mantener la ‘ilusión’ por el avistamiento. Y menos mal! Ya que hubo un hecho determinante que nos sacó de toda duda.

Tras seguir su dificultoso desarrollo por la nieve, con el telescopio, fue quedando claro que de zorro ya no tenía nada, pero hubo un hecho que disipó toda duda para el resto de experiencia: en un instante de levantar la vista de la óptica hacia donde había llegado el animal, cual fue mi sorpresa al descubrir que… ¡no puede ser! ¡había otra silueta en el mismo sitio en el que la anterior apareció!

Parecía imposible que la emoción de ver una especie tan esquiva y deseada pudiera ser mayor, pero así fue. Durante los siguientes 40 minutos, hasta un total de 5 individuos fueron repitiendo escrupulosamente el comportamiento del primero, a intervalos regulares. Y a medida que iban encontrándose, se saludaban protocolariamente, y se tumbaban a esperar. En este punto, toda la luz procedía ya de la escasa luna menguante y la asombrosa capacidad del ojo humano de acostumbrarse a la poca luz llegaba a su límite.

Lobo
Lobo en el duro invierno de la Cordillera Cantábrica

Resulta increíble, más allá de la indescriptible experiencia personal, pensar o imaginar el día a día de una especie tan perseguida y que permanece tan discreta, a pesar de no ser precisamente un animal pequeño y que además suele organizarse en manadas, lo cual acentúa aun más su leyenda de ‘fantasma’.

La imagen es meramente testimonial, un fotograma de un pequeo fragmento de video, pero la experiencia en la mente está en alta definición y sonido stereo ^_^.

Es una lástima que siga habiendo tantos colectivos humanos fomentando el odio injustificado hacia una especie que vive y sobrevive desde antes que nosotros en el territorio, pero cuya existencia parece chocar con el puro egoismo de quienes creen tener la propiedad exclusiva de lo que ES DE TODOS y de nadie.

(1). Hasta la fecha, sólo sombras fantasmales, aullidos, siluetas dudosas en la lejanía, o fugaces cruces de carretera…


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